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joludi:

Inquisiciones y Bibliocaustos.
Facebook censura las imágenes de mujeres con los senos al descubierto, ya se trate de una madre amamantando a su hijo o de un cuadro de Rubens (algo tan disparatado que ni siquiera la Iglesia del Renacimiento tuvo la ocurrencia de hacer). Google espía sin permiso a decenas de millones de usuarios. Twitter se pliega a los chantajes de los tiranos y además informa automáticamente a las autoridades norteamericanas sobre cualquier mensaje privado que remotamente pueda tener algo que ver con la subversión. 
Es un sarcasmo que la tecnología y las redes sociales estén contribuyendo de este modo a que el siglo XXI se asemeje aún más a una nueva Edad Media. 
Y para colmo, ahora llega el conflicto de la quema de Coranes. Justo lo que faltaba para hacernos pensar que estamos ante un retorno del medievo. 
El sanguinario primer Emperador de China, Qin Shi Huang, inauguró su mandato, allá por el siglo III a.c, ordenando quemar todos los libros anteriores a él, y de paso enterrar vivos a los sabios que los habían leído y podrían reescribirlos. Borges se refiere a esta decisión igualándola con la construcción de la Gran Muralla, pues quemar un libro o levantar un muro son dos formas de encerrarse en el propio fanatismo ciego. 
Si el primer Emperador de China empezó su reinado llevando a las hogueras los textos clásicos, el segundo Califa del Islam también hizo lo propio. En 644 d.c, Omar llega con sus tropas a Alejandría y, ante el inmenso tesoro de la Biblioteca Ptolomea decide poner en juego un silogismo terrible: si los libros de esta biblioteca dicen algo distinto que el Corán, son impíos, y hay que quemarlos. Si dicen lo mismo, son superfluos, y también hay que quemarlos. Así pereció un inmenso tesoro de sabiduría.
Después del incendio de Alejandría, las hogueras de bibliocausto ya nunca se apagaron. Almanzor destruyó la Biblioteca del Califato de Córdoba en 980, como nos cuenta Heine. Saladino acabó pegando fuego a la Biblioteca chiita de El Cairo, en 1176.  En 1204, los cruzados  franceses quemaron la Biblioteca de Constantinopla. En 1258, las hordas mongolas de Hulagu convirtieron en llamas la fascinante Biblioteca del califato Abasí. En 1497, Savonarola quema los mejores libros de las bibliotecas mediceas. En 1499, Cisneros enciende una gigantesca pira en la plaza granadina de bibarrambla, con los 5.000 libros de la Madraza de Granada. En 1560, el obispo Diego de Landa destruyó todos los libros mayas del Yucatán y en 1691, otro obispo, Nuñez de la Vega, remató la faena convirtiendo en cenizas la Biblioteca maya de Chiapas, con lo que solo quedaron para la posteridad tres libros de la riiquísima cultura maya, incluyendo, menos mal, el Popol Vuh. Unos años antes, en la Plaza de San Pedro, habían ardido los libros de Giordano Bruno mientras el cuerpo del admirable pensador se convertía en cenizas en Campo de Fiori, donde ahora se eleva su estatua (1929 la Iglesia católica, encabezada por el Cardenal Belarmino se empeño en derribar esa estatua, y tuvo que ser Mussolini (¡sí, Mussolini!) quien hizo valer la decisión de preservar el momumento, imponiéndose al malvado cardenal, que no tardó por cierto en ser elevado a los altares como auténtico martillo de herejes).
Es una historia interminable. Se quemaron libros en nuestra Guerra Civil y en su postguerra (el 30 de Abril de 1939 la reconstituida Universidad Central de Madrid organizó un verdadero auto de fé en el campus, el el que los jóvenes estudiantes falangistas prendieron fuego a obras de Voltaire, Rousseau, Marx, Freud…). Se quemaron libros en la Alemania nazi. Se quemaron libros (o más bien discos) en Norteamérica cuando Lennon dijo que los Beatles eran más populares que Jesucristo. Se quemaron libros en la Argentina de los generales o en el Chile de Pinochet, donde los inquisidores llevaron a la hoguera todos los libros sobre el cubismo, pensando que hacían referencia a la Cuba castrista…
Y ahora, como colofón, llega la quema de Coranes en Afganistán por las tropas pacificadoras norteamericanas… Qué disparate. Y que mal augurio. 
Cuando los nazis quemaron los libros de Freud, el creador del psicoanálisis se sobrecogió pensando que si eso hubiera ocurrido en la Edad Media, él habría ido con sus obras a la misma hoguera. 
En su ingenuidad, Freud no imaginaba que aquel Bibliocausto precedería o sería simultáneo, a un verdadero Holocausto. Y que quien empieza quemando libros, no tarda nada en seguir alimentando la hoguera con seres humanos.
Como suele ocurrir desde Qin Shi Huang. O sea, desde el principio de los tiempos.

joludi:

Inquisiciones y Bibliocaustos.

Facebook censura las imágenes de mujeres con los senos al descubierto, ya se trate de una madre amamantando a su hijo o de un cuadro de Rubens (algo tan disparatado que ni siquiera la Iglesia del Renacimiento tuvo la ocurrencia de hacer). Google espía sin permiso a decenas de millones de usuarios. Twitter se pliega a los chantajes de los tiranos y además informa automáticamente a las autoridades norteamericanas sobre cualquier mensaje privado que remotamente pueda tener algo que ver con la subversión. 

Es un sarcasmo que la tecnología y las redes sociales estén contribuyendo de este modo a que el siglo XXI se asemeje aún más a una nueva Edad Media. 

Y para colmo, ahora llega el conflicto de la quema de Coranes. Justo lo que faltaba para hacernos pensar que estamos ante un retorno del medievo. 

El sanguinario primer Emperador de China, Qin Shi Huang, inauguró su mandato, allá por el siglo III a.c, ordenando quemar todos los libros anteriores a él, y de paso enterrar vivos a los sabios que los habían leído y podrían reescribirlos. Borges se refiere a esta decisión igualándola con la construcción de la Gran Muralla, pues quemar un libro o levantar un muro son dos formas de encerrarse en el propio fanatismo ciego. 

Si el primer Emperador de China empezó su reinado llevando a las hogueras los textos clásicos, el segundo Califa del Islam también hizo lo propio. En 644 d.c, Omar llega con sus tropas a Alejandría y, ante el inmenso tesoro de la Biblioteca Ptolomea decide poner en juego un silogismo terrible: si los libros de esta biblioteca dicen algo distinto que el Corán, son impíos, y hay que quemarlos. Si dicen lo mismo, son superfluos, y también hay que quemarlos. Así pereció un inmenso tesoro de sabiduría.

Después del incendio de Alejandría, las hogueras de bibliocausto ya nunca se apagaron. Almanzor destruyó la Biblioteca del Califato de Córdoba en 980, como nos cuenta Heine. Saladino acabó pegando fuego a la Biblioteca chiita de El Cairo, en 1176.  En 1204, los cruzados  franceses quemaron la Biblioteca de Constantinopla. En 1258, las hordas mongolas de Hulagu convirtieron en llamas la fascinante Biblioteca del califato Abasí. En 1497, Savonarola quema los mejores libros de las bibliotecas mediceas. En 1499, Cisneros enciende una gigantesca pira en la plaza granadina de bibarrambla, con los 5.000 libros de la Madraza de Granada. En 1560, el obispo Diego de Landa destruyó todos los libros mayas del Yucatán y en 1691, otro obispo, Nuñez de la Vega, remató la faena convirtiendo en cenizas la Biblioteca maya de Chiapas, con lo que solo quedaron para la posteridad tres libros de la riiquísima cultura maya, incluyendo, menos mal, el Popol Vuh. Unos años antes, en la Plaza de San Pedro, habían ardido los libros de Giordano Bruno mientras el cuerpo del admirable pensador se convertía en cenizas en Campo de Fiori, donde ahora se eleva su estatua (1929 la Iglesia católica, encabezada por el Cardenal Belarmino se empeño en derribar esa estatua, y tuvo que ser Mussolini (¡sí, Mussolini!) quien hizo valer la decisión de preservar el momumento, imponiéndose al malvado cardenal, que no tardó por cierto en ser elevado a los altares como auténtico martillo de herejes).

Es una historia interminable. Se quemaron libros en nuestra Guerra Civil y en su postguerra (el 30 de Abril de 1939 la reconstituida Universidad Central de Madrid organizó un verdadero auto de fé en el campus, el el que los jóvenes estudiantes falangistas prendieron fuego a obras de Voltaire, Rousseau, Marx, Freud…). Se quemaron libros en la Alemania nazi. Se quemaron libros (o más bien discos) en Norteamérica cuando Lennon dijo que los Beatles eran más populares que Jesucristo. Se quemaron libros en la Argentina de los generales o en el Chile de Pinochet, donde los inquisidores llevaron a la hoguera todos los libros sobre el cubismo, pensando que hacían referencia a la Cuba castrista…

Y ahora, como colofón, llega la quema de Coranes en Afganistán por las tropas pacificadoras norteamericanas… Qué disparate. Y que mal augurio. 

Cuando los nazis quemaron los libros de Freud, el creador del psicoanálisis se sobrecogió pensando que si eso hubiera ocurrido en la Edad Media, él habría ido con sus obras a la misma hoguera. 

En su ingenuidad, Freud no imaginaba que aquel Bibliocausto precedería o sería simultáneo, a un verdadero Holocausto. Y que quien empieza quemando libros, no tarda nada en seguir alimentando la hoguera con seres humanos.

Como suele ocurrir desde Qin Shi Huang. O sea, desde el principio de los tiempos.

 
  1. botones ha reblogueado esto desde joludi
  2. wfosbery ha reblogueado esto desde joludi y ha añadido:
    Ni siquiera lo hizo la iglesia…
  3. pipopul ha reblogueado esto desde joludi
  4. veledachan ha reblogueado esto desde joludi
  5. rexouba ha reblogueado esto desde joludi
  6. eeriecris ha reblogueado esto desde joludi y ha añadido:
    Volvemos a la edad media, sí, feudalismo moderno.
  7. joludi ha publicado esto